Caterina Pérez: "La Espera".

diciembre 08, 2016

Caterina Pérez: "La Espera".

Antes del verano una clienta desde Australia nos compró dos mochilas iguales y nos dijo que las guardaría hasta Navidad para regalárselas a sus hijas. Esta pequeña historia que de primeras nos dejó bastante perplejos, luego nos emocionó muchísimo y nos dió que pensar sobre todo lo bonito y verdaderamente importante de la Navidad: como es el cariño, la ilusión, la paciencia, el amor, el pensar en el otro, la espera, ...

Nos gustó mucho la idea de intentar transmitir, en estas fechas tan especiales, todos estos sentimientos a través de la sensiblidad y la mirada de Caterina Pérez. Siempre hemos sido unos grandes admiradores de su trabajo y de su forma de mirar el mundo, por eso para nosotros está preciosa colaboración ha sido el mejor de los regalos. Muchísimas gracias Caterina por ayudarnos a “contarlo” como sólo tú sabes hacerlo.

 

 

La Espera
Caterina Pérez – Noviembre 2016


Antonia cruza el portal del número veinticuatro de la calle Estepa. Levanta el pie de forma ligeramente exagerada, pues las navidades pasadas tropezó con ese mismo escalón y tuvo que pasarlas en cama. Carga con un capazo por el que asoma un apio que comparte espacio con unas zanahorias, un paquete de macarrones, una botella de leche, unas lonchitas de jamón para la cena y una caja envuelta en papel de finas rallas plateadas. Dentro de la caja, una boina de lana gris marengo con un jaspeado blanco. Es para Eusebio, su marido, que desde que murió su amigo José ya no tiene con quién jugar al dominó y está triste, como callado. La guardará en el cajón de las sábanas hasta la mañana de Navidad.

— ¿Qué tejes, Mercedes?

La portera, que está absorta contando puntos, tiene entre las manos un jersey para el niño de la farmacéutica. Antonia se acerca al mostrador y coge entre sus manos la prenda a medio terminar. Hay que ver Mercedes, si es que te sale perfecto el punto… Qué bonita la trenza, madre mía. ¡Menuda sorpresa le vas a dar a la farmacéutica! La portera sonríe. Es que se me porta muy bien, Antonia, siempre me da caramelos de menta y muestras de crema. Y sigue entrelazando lana e imaginándose al hermoso niño de la farmacéutica bien abrigadito dentro de ese jersey que tantas horas de portería y radio le está costando.

Agarrándose al pasamanos de roble, Antonia sube la escalera poco a poco, cargando la cesta y su cuerpo tupido. Su paso por el principal despierta a Zafir, el pequinés de Miguel, un escaparatista de renombre que es la alegría de la finca. Zafir salta de su camita de terciopelo magenta y, como si no hubiese un mañana, sale disparado hacia el pasillo, resbala por el parqué recién pulido y se estampa contra la puerta, hecho que no le impide seguir con su papel de guardián del castillo, dando saltos y ladridos como una fierecilla descontrolada. Esos ladridos sacan de sus casillas al señor Ibáñez, el vecino del segundo, que se levanta de la silla y refunfuñando se acerca al patio de luces:

— ¡Cállate ya, bicho!

Vuelve a la mesa, taciturno, pero no tarda en relajarse, concentrado como está en su caligrafía oxidada. Encima de un paquete envuelto en papel marrón, va copiando, letra a letra, la dirección de su hermano, que vive en Alemania. La caja desprende un sutil olor a chocolate y yema quemada, son los turrones que ha depositado con cuidado. Los ha comprado en la misma turronería donde los compraba su madre cuando ellos eran unos chiquillos que compartían confidencias y que no imaginaban los surcos que el futuro iba a cavar entre ellos. Junto a los turrones, ha escrito cuatro palabras en una postal de Navidad que desprende purpurina a cada movimiento. Son la última moda navideña, le había dicho la estanquera zarandeando sus pendientes de latón. Ata la caja con cordel de rafia, bien fuerte, y pasa sus manos de albañil jubilado por encima de ella, como si quisiera decir algo para lo que no encuentra ni palabras ni tarjetones. Un poco abatido, se sienta en el butacón. Cuando llegue Rosa iremos a correos, piensa. Rosa es la chica ecuatoriana que por las mañanas lo acompaña a hacer recados y le prepara la comida, y que justo en ese momento introduce la llave en la cerradura. Llega cinco minutos tarde porqué se ha entretenido en la librería comprando un regalo para su sobrina Ángela. No imaginaba que los lápices de colores fueran tan caros, pero aun así, eligió la caja más grande: una lata fina y larga con todo un arco iris dentro. Mañana tendrá que comer tortilla en lugar de ternera, pero ver a la niña dibujando con los lápices entre sus manitas de seda, bien lo vale.

Su ya estoy aquí señor Ibáñez, y su portazo alegre suben hasta mi cocina, justo en el momento en el que saco la última hornada de galletas. Tengo galletas esparcidas por todas partes. Hago pequeñas torres de cinco, y las envuelvo en papel de estraza. Después les anudo un lazo rojo. Estiro las puntas y puedo ver el rostro de Antonia cuando abra el buzón; o a Miguel, con una copa de vino en la mesilla, compartiendo miguitas de galleta con Zafir en su regazo. Y al señor Ibáñez, masticando junto a su vaso de leche, encogiendo ligeramente el bigote para no soltar una sonrisa. Dejo las tijeras con cuidado y contemplo el lío de papeles y cintas. No sé qué hacer con esta ilusión que me invade. Parece como si no me cupiera en el cuerpo, y no se me ocurre dónde guardarla para que no se desvanezca nunca.